8 de junio de 2008

Proverbios 1:3

Para recibir el consejo de prudencia,
Justicia, juicio y equidad;

Si algo tiene de complejo este mundo es el equilibrio de la justicia (con minúscula).

Esto quizá se deba a que la misma es ejercida por hombres: unos la convierten en una actividad lucrativa, y otros, anhelan realmente ser justos y hacen lo que mejor pueden (o al menos eso creen).

Si hablamos de la otra Justicia (la que es con mayúsculas, la Justicia del mejor Juez del universo y alrededores) nos encontramos con ese parámetro que muy difícilmente logre alcanzar ser humano alguno en la tierra.

Cuando Dios juzgue a los hombres, Sus juicios serán absolutamente justos. No existirá la más mínima duda de la perfecta equidad en Su sentencia sobre nuestros actos (buenos o malos), ni excusa alguna que pueda ser planteada.

No tendremos derecho a defensor alguno, ni existirá cosa vulgar alguna como la apelación, ni se podrá elevar un pedido de anulación del juicio por ningún motivo.

No estará el hombre delante de Dios para defenderse, sino para oir y acatar la sentencia.

Lo importante es saber que el Único salvoconducto existente, a través del cual podremos evitar una condenación segura por nuestro pésimo comportamiento diario, es la figura del sustituto. Aquel que ya sufrió el castigo que merecíamos, ocupando nuestro lugar en la sentencia y sufriendo gratuitamente, por amor, nuestra condena.

Su Nombre es Jesús. Que es el Nombre sobre todo nombre que se nombra debajo del cielo (sí! aquí también!).

Este grado de Justicia es parte del inmenso amor de Dios sobre sus criaturas. Por lo tanto debemos esforzarnos por conocer a fondo los detalles de dicha sustitución, para conocer sus alcances y beneficios.

El beneficio consiste en alcanzar la paz que viene a nuestras vidas cuando nos sabemos perdonados por el Autor de la vida.

¡El alcance de dicho perdón es inmenso! Ya que habiendo Jesús pagado con su vida, hace 2.000 años (mucho antes de que nosotros hubiésemos nacido), tenemos la oportunidad de tener fe en esa sustitución (confiar que también a nosotros nos sustituyó al ser condenado a muerte en lugar nuestro) e ingresar en el período de la Gracia de Dios.

Esta Gracia de Dios es, precisamente, lo más parecido a un indulto. No es que no hayamos sido culpables. No es porque hemos tenido buena conducta y somos premiados por eso con la excarcelación. Aún somos seres carnales y sujetos a pasiones, pero hemos recibido un indulto. Un perdón NO MERECIDO.

Somos pecadores perdonados. No por mérito propio (¡de ninguna manera!), sino por mérito de Jesús y por un amor que sobrepasa el entendimiento lógico de cualquier hombre o mujer. Aún aquellos que han sido reconocidos por una mente brillante y se les ha considerado “genios”, no podrían alcanzar a comprender mediante argumentos lógicos el grado del amor de Dios. Ni aún la imaginación más desarrollada lograría alcanzar tal punto de comprensión de una Gracia tan poco merecida y a la vez tan ampliamente abarcativa.

Para eso es necesaria la sabiduría: “Para recibir consejo de prudencia, justicia, juicio y equidad”, y comprender que si recibimos estas cosas, ha sido sólo por mérito Divino.