20 de febrero de 2008

El primer "Gran Hermano"

No piensen que voy a hablar del programa televisivo. Sólo decir al respecto de dicho esfuerzo mediático que nada tiene que ver al panorama que pinta su creador George Orwell en su novela 1984.

Tantos comentarios he leído al respecto del creador de este ¿"fenómeno"? de la televisión, que lo único que tiene de fenómeno es que revela la decadencia social que permite que muchos se inclinen hacia tales escenarios.

Como dije, leí muchos comentarios sobre la "célebre" novela de George Orwell: "1984".

Como persona interesada en la literatura, me interesó y leí el libro.

Tal como lo define el editor, es un "magnífico análisis del poder". No pareciera que hubiera sido escrito en el año en que se escribió (1948) el autor pareciera haber jugado con su título un simple cambio de roles en sus dos últimas cifras.

Lo cierto es que se trata del poder a nivel mundial. No dice nada nuevo, pero tal como el autor dice de su personaje: "Pensó Winston que los mejores libros son los que nos dicen lo que ya sabemos".

Luego plantea un sinnúmero de temas relacionados con las clases sociales. Menciona que indefectiblemente conviene a los gobernantes que sigan existiendo los pobres, los de clase alta y los de clase media. Plantea una visión realista de las sociedades, sin desperdiciar opiniones sobre los deseos generales de los hombres.

Por ejemplo: La idea de que todos nos llevemos bien y podamos gozar todos de los mismos beneficios. La igualdad entre los hombres y demás temas utópicos ya conocidos, planteados como herramienta de poder en manos de seres que conociendo los movimientos históricos de las sociedades se aprovechan de tales vaivenes para lograr manejar al resto.

Está muy bien planteado, en ese aspecto y deja ver cierta visión negativa del futuro.

Su futuro, es ya pasado para nosotros. El año 1984 quizá ni lo recordemos. Pero las cosas que se leen en este libro son aplicables a la realidad actual de la humanidad. Si bien no han sucedido algunas de las cosas que allí se mencionan, otras sí pueden llegar a pensarse como posibles.

En un párrafo puede leerse:

"El problema era mantener en marcha las ruedas de la industria sin aumentar la riqueza real del mundo.

...

El acto esencial de la guerra es la destrucción, no forzosamente de vidas humanas, sino de los productos del trabajo. La guerra es una manera de pulverizar o de hundir en el fondo del mar los materiales que en la paz constante podrían emplearse para que las masas gozaran de excesiva comodidad y, con ello, se hicieran a la larga demasiado inteligentes.

...

Lo que interesa no es la moral de las masas, cuya actitud no importa mientras se hallen absorbidas por su trabajo, sino la moral del Partido mismo. Se espera que hasta el más humilde de los miembros del Partido sea competente, laborioso e incluso inteligente -siempre dentro de límites reducidos, claro está-, pero siempre es preciso que sea un fanático ignorante y crédulo en el que prevalezca el miedo, el odio, la adulación y una continua sensación orgiástica de triunfo".

No parece alejarse mucho de lo que algunos líderes cristianos esperan de sus ovejas.

Obviamente que llenan sus bocas de la "bendición" que Dios traerá a las vidas de los que creen, pero en lugar de administrar en forma equilibrada los ingresos, se enriquecen de modos que ni aún los más mundanos han conocido ! Y esto es sólo lo "visible" de su pecado.

Quiero seguir con un último párrafo del libro y termino.

Se trata de un diálogo entre el personaje de la novela y un miembro del Partido, quien recientemente lo terminaba de torturar para doblegar su voluntad:

"- ¿Sabes dónde estás, Winston? -dijo O'Brien.

- No sé. Me lo figuro. En el Ministerio del Amor.

- ¿Sabes cuánto tiempo has estado aquí?

- No sé. Días, semanas, meses... creo que meses.

- ¿Y por qué te imaginas que traemos aquí a la gente?

- Para hacerles confesar.

- No, no es esa la razón. Dí otra cosa.

- Para castigarlos.

- ¡No! - exclamó O'Brien. Su voz había cambiado extraordinariamente y su rostro se había puesto de pronto serio y animado a la vez -. ¡No! No te traemos sólo para hacerte confesar y para castigarte. ¿Quieres que te diga para qué te hemos traído? ¡¡Para curarte!! ¡¡Para volverte cuerdo!! Debes saber, Winston, que ninguno de los que traemos aquí sale de nuestras manos sin haberse curado. No nos interesan esos estúpidos delitos que has cometido. Al Partido no le interesan los actos realizados; nos importa sólo el pensamiento. No sólo destruimos a nuestros enemigos, sino que los cambiamos. ¿Comprendes lo que quiero decir?"

Finalmente, les debo el desenlace... No lo he terminado de leer. Pero quería que tuvieran contacto con estos textos para reflexionar sobre las posibilidades que tenemos.

¿Por qué el Señor nos capacitó con la razón si la fe no la requiere? ¿Qué uso, en el Señor, podemos darle a nuestro razonamiento? ¿Por qué motivos tememos utilizar el razonamiento, en muchas ocasiones? ¿Porque nos enseñaron, acaso, que hay ciertas cosas que deben quedar tal cual están? ¿Porque otros han estudiado y por lo tanto nosotros no debemos preocuparnos por comprender las escrituras por nosotros mismos?

¿Acaso no podemos pedirle cada uno de nosotros al Espíritu Santo que sea nuestro maestro y nos explique los pasajes oscuros?

¿Acaso preferimos tener una relación con Dios sólo cuando nos "crean el ambiente adecuado" en lugar de buscar (y encontrar genuinamente) al Señor en todo tiempo y lugar?

Por "ambiente adecuado" entiéndase lo siguiente: Muchas veces he escuchado decir que el Espíritu de Dios desciende cuando hay adoración. Que para que la adoración sea realmente del espíritu debemos batallar contra la carne en adoración hasta "entrar en la presencia" de Dios.

Es cierto que muchas veces, tenemos la cabeza embotada en muchas cosas y nos cuesta concentrarnos al orar. Pero... ¿sólo encuentras al Señor a las 19:30 en tal o cual iglesia?

Si tienes que hablar con el Señor, ¿no podrá oírte en cualquier momento y lugar?

¿Tiene el Señor dirección y horarios específicos?

Pues si eso crees, no creemos en el mismo Dios.

Que el Señor abra tus ojos y puedas andar en el Espíritu, orando en todo tiempo y lugar.

Raimundo

..

Biografía de Lutero (3ª parte)

-o-o-o- 1ª parte -o-o-o- 2ª parte -o-o-o-

En su búsqueda de una piedad sincera y honesta había llegado a estar disconforme con algunas prácticas de penitencia de la Iglesia, y cuando a fines de 1517 sus feligreses le enseñaron unas cartas de indulgencia que habían comprado, pretendiendo librarse con ellas de ciertas consecuencias del pecado, ya no pudo quedarse tranquilo.

Alberto, príncipe de la casa de Brandeburgo, no sabía que, de algún modo (por ciertos favores obtenidos), hizo un acuerdo financiero con el papado. Lutero también ignoraba, que para asegurarse esta operación, León X había concedido a Alberto el privilegio de vender una indulgencia, el producto de la cual sería dividido en dos partes, una para pagar la deuda con los Fugger (banqueros de Ausburgo) y la otra iría a las arcas de León X.

Lo que sí sabía era que se suponía que todo el producto de la venta iría a parar a Roma, para la reconstrucción de la iglesia de San Pedro. Desconocía los entretelones de la operación, una de las más escandalosas de la Iglesia.

El Elector de Sajonia, demasiado inteligente para permitir que sus súbditos fueran sangrados por Roma, había rehusado autorizar la venta de dicha indulgencia en su territorio. Conocía bien el viejo proverbio: “¡Cuando se acerca Roma, aprieta los cordones de tu bolsa!”. De manera que la gente de Wítemberg no podía comprar las indulgencias en su ciudad; pero eso no era obstáculo para conseguirlas, pues era fácil trasladarse a Zerbat o a Juterborg, villas cercanas, y adquirir allí sus billetes de indulgencia.

Juan Tetzel, prior del convento de dominicos de Leipzig, estaba vendiendo la indulgencia, y cuando entró en Juterborg, con increíble audacia, aseguró a los sajones que podían comprar la remisión de todas las penas impuestas por la ley de la Iglesia; y que también podía comprar la remisión de las penas que deberían cumplir en el purgatorio por sus pecados. Aún más, con fingido sentimiento y brutal hipocresía, pintó ante la imaginación de sus oyentes los sufrimientos de sus queridos deudos en el purgatorio, y les dijo claramente que podían librarlos de esos padecimientos con unas cuantas monedas.

Embaucados así, los ignorantes y sencillos alemanes que Lutero consideraba como ovejas de su rebaño, creyeron que podían comprar así la salvación.

Lutero vivió un combate furioso en su mente y corazón. ¿Cómo podían los jefes de la Iglesia actuar de esa manera? ¿Era que no comprendían hasta dónde llegaba el poder papal y cuáles eran sus limitaciones? ¿No sabían que la gracia de Cristo no estaba en venta… o era que, en efecto, como se decía, en Roma todo estaba en venta?

Indignado, pero sin perder la serenidad mental, redactó tranquilamente noventa y cinco sentencias precisas, cada una de las cuales era un punto discutible dentro de la gran cuestión del oficio de la penitencia, con referencia particular al valor de las indulgencias. Estas eran cosas que él creía debían ser aclaradas, y él, como maestro de Teología, poseedor del sagrado derecho de esclarecer las Escrituras, estaba en condiciones de expresarse.

Así, el 31 de Octubre, estando Wítemberg colmado de gente, porque era el día del aniversario de la iglesia catedral, él fijó sus noventa y cinco tesis, con un breve preámbulo, en el tablero de anuncios de la Universidad.

No fue como si hubiera tomado el martillo, símbolo de la revolución, para golpear las puertas de la iglesia, simbólicas de la Iglesia misma. Muy por el contrario. Era un simple profesor de teología y predicador popular, que llamaba a sus colegas, en correcto estilo académico, a discutir sobre cuestiones fundamentales para su generación.

Pero no estaba preparado para la torrentosa reacción que estas tesis sobre las indulgencias habrían de provocar en toda Europa.

Una noche, a mediados de noviembre de 1517, Hans Luther (su padre), sentado junto a su casa en Mansfield, recibió de manos de uno de sus más íntimos amigos, un folleto llegado de Wítemberg, en el que pudo leer una copia de esas noventa y cinco tesis.

El original era de puño y letra de Lutero, pero los impresores de Wítemberg habían publicado rápidamente en latín y griego, y ahora corría por toda Alemania.

Mientras leía estas declaraciones, a Hans Luther le temblaba el papel en las manos al tiempo que una gran excitación se apoderaba de él al comprender con fuerza aplastadora, que su hijo estaba desafiando a la institución más poderosa de la tierra en aquel entonces.
Sus ojos se posaron nuevamente sobre la página:

“82. … ¿Por qué el papa no vacía el Purgatorio por puro amor santo… ?”

¡Martín tenía razón! Si el papa podía ayudar a los que estaban en el Purgatorio, entonces la caridad debía moverle a hacerlo.

La Iglesia no aguantaría que la desenmascaren así. Pero era efectivamente un abuso de la Iglesia el que hiciera tales cosas, y se sintió enardecido al pensar que su propia carne y sangre tenía tal coraje.

Ahora ya, no sólo Mansfield estaba alborotado, sino toda Alemania y aún Europa.

Y así, el tranquilo, fuerte y tenaz maestro de Wítemberg se encontró súbitamente convertido en el jefe de la reacción de medio siglo de descontento, al frente mismo de una campaña para esclarecer el Evangelio y reformar la Iglesia.

Lutero no tenía intención de encubrir ninguno de sus actos. Simultáneamente con la publicación de sus tesis, escribió a Alberto, el responsable de la venta, la siguiente carta:

“Gracia y misericordia de Dios y de todo cuanto pueda ser y es.
Perdonadme, muy Reverendo padre en Cristo, e ilustre Señor que yo, el más humilde de los hombres, me atreva a dirigir una carta a vuestra alta grandeza…
Se pregonan por ahí indulgencias papales para la construcción del templo de San Pedro, con vuestra ilustre anuencia. No censuro los sermones que acerca de ellas se han predicado pues no los he oído; pero lamento que la gente haya concebido acerca de ellas las más erróneas ideas. Ciertamente creen esas almas infelices que si compran el perdón tienen segura la salvación; asimismo que las almas del purgatorio salen volando en cuanto depositan el dinero en el arca. En síntesis, que la gracia conferida es tan grande, que no hay pecado que no pueda ser por ellas perdonado ni siquiera, como dicen tomando un ejemplo imposible, el de violar a la madre de Dios. Creen también que las indulgencias les libran de toda pena y culpa.
¡Dios mío! así son conducidas a la muerte las almas confiadas a vuestro cuidado, Padre, por las cuales vos tenéis una crecida y terrible cuenta que pagar…
¿Qué menos podría hacer yo, ilustre Príncipe y excelente obispo que rogar a vuestra Reverencia, por amor del Señor Jesucristo, que retiréis de inmediato vuestras Instrucciones a los Comisionados, imponiendo otra forma de predicar a los que proclaman tal perdón de pecados, no sea que al fin alguien se levante y los refute junto con sus Instrucciones para vergüenza de vuestra Alteza? Yo desapruebo esto vehementemente, mas temo que suceda, a menos que esta injusticia sea rápidamente reparada…

Vuestro indigno hijo.
Martín Lutero
Agustino, Dr. en Teología

Alberto, al recibir esta carta, inició un movimiento de oposición a Lutero por su acción, llevando el asunto a Roma, pues Lutero había minado la confianza del pueblo y la venta de indulgencias estaba muy restringida últimamente. Pero el jefe de la Iglesia en Roma no estaba en disposición de ánimo para atender una controversia sobre la práctica de la piedad.

Lutero escribió al papa en mayo de 1518. Le decía cómo había aceptado siempre la autoridad del papado y no deseaba en modo alguno entrar en el terreno de la herejía; pero que la reciente indulgencia papal había difundido el escándalo y la burla, y él se había sentido impulsado a protestar contra esos abusos. Ahora sólo deseaba que el papa entendiera su posición y que prestara cuidadosa atención a los asuntos en cuestión. Pero para prestarles atención era precisamente para lo que no estaba preparado Leon X. de modo que dejó que la situación siguiera desarrollándose al azar.

El intento de dominar a Lutero comenzó, como era de esperar, a través de su Orden, León pensó que las tesis habían sido escritas por un monje beodo, que estando sobrio vería las cosas con más claridad, y así encomendó al General de la Orden agustina la tarea de apagar el fuego de la rebelión.

En consecuencia, el asunto fué llevado ante la asamblea de la Orden, en Heidelberg en mayo de 1518. Lutero estaba presente, así como también su amigo Staupitz. Allí los hermanos discutieron tranquilamente y sin violencia la posición del acusado.

Lutero habló explicando sus tesis. Encontró que algunos de los hermanos compartían sus ideas y otros no, por lo cual, no queriendo envolver su Orden en una cuestión tan seria, renunció al cargo de Vicario de Distrito.

No hubo en el capítulo de Heidelberg ninguna indicación de cambio alguno en la posición de Lutero. Luego de la reunión regresó a Wítemberg, y allí aguardó los acontecimientos.

El 25 de agosto de 1518, entró a Wítemberg un joven de veintidós años, llamado Felipe Melanchthon. Iba a enseñar griego.

Lutero escuchó a aquel muchacho defender apasionadamente la orientación del plan de estudios alrededor de las humanidades y el Nuevo Testamento. Entre ellos se estableció inmediatamente una amistad que sólo la muerte habría de interrumpir.

La fina, sensible y precisa erudición gramatical de Melanchthon se unía ahora al poderoso y emotivo dinamismo de Lutero.

En ocasión de publicar Melanchthon un comentario a la epístola a los Colosenses, Lutero escribió en el prefacio:

“Yo soy rudo, turbulento, violento y enteramente belicoso.
Nací para pelear contra innumerables mounstruos y demonios. Debo arrancar tocones y piedras, cortar cardos y espinas, y allanar la selva virgen; pero el maestro Felipe llega suave y gentilmente, sembrando y regando con alegría, según los dones que Dios le ha concedido abundantemente”.

Roma no iba a dejar el asunto de lado. Pronto Lutero recibió orden de presentarse ante el representante del Papa en Augsburgo, el Elector había conseguido que se modificara una comunicación anterior en donde se le ordenaba comparecer en la propia Roma. Lutero sabía que entrar dentro de los dominios de sus enemigos era ir a la muerte. Así que se alegró cuando supo la alteración del plan.

Llegó a Augsburgo en octubre y se encontró con el General de la Orden Dominica, cardenal Cayetano, quien era celoso e inflexible por los derechos papales y estaba dispuesto a no dejar siquiera hablar a Lutero; éste, por su parte, había ido creyendo que podría defenderse, de modo que, en esta contradicción, no llegaron a ningún acuerdo.

El mismo Martín describió después cómo había tratado de contener las continuas contradicciones e insultos de que le llenó el cardenal, gritando cada vez más fuerte, hasta que él mismo olvidó toda moderación y le gritó también, terminando la conferencia en completa desinteligencia. El cardenal le exigía una retractación. Lutero pedía una discusión del asunto. El cardenal lo acusaba de herejía. Lutero lo desafiaba a probar que fuera herética cualquier declaración de su tesis. Y el cardenal fue incapaz de hacerlo.

Tuvieron dos encuentros más con idéntico resultado. Ningún acuerdo fue posible. Ni Lutero se retractaba, ni el cardenal dejaba de exigirla.

Juan Eck, profesor de Teología en la Universidad de Ingolstadt, monje dominico, extraordinariamente hábil en el debate, desafió a Lutero y a su colega de Wítemberg, Andrés Bodenstein, a una discusión pública en Leipzig.

Los problemas no estaban del todo claros, pues no siendo Lutero hereje no podía ser clasificado como tal. Pero si Eck podía arrancar a cualquiera de los dos alguna declaración herética, Roma podría silenciarlos a ambos (a Lutero y a Bodenstein). En esto Eck era maestro.

El ambiente era contrario a Lutero en esta discusión. Muy inquieto emprendió el viaje, pero no iba solo. Con él, marchaban los profesores y el rector de la Universidad. Doscientos estudiantes armados escoltaban los vehículos. Cuando el grupo arribó a Leipzig la ciudad se llenó de un clima de revuelta.

El debate derivó hacia un terreno en el que Martín no quería entrar. Eck intentaba apartar la cuestión a situaciones del pasado, con la intención de que Lutero admitiera que era similar a la de los grupos heréticos de la historia de la Iglesia. Si lo lograba, podría calificar de hereje al profesor de Wítemberg. Probó con la historia de los valdenses, pero sin resultado. Luego habló de la actividad de Wyclif, pero Lutero no cayó en la trampa. Finalmente, trajo a colación la obra de Juan Hus.

Después de una expresión de opinión particularmente vigorosa por parte de Eck, Lutero le interrumpió diciendo: “Pero, mi buen doctor Eck, todas las opiniones husitas no son erróneas”.

Eck estaba alborozado. Contraatacó a Lutero diciendo que la Iglesia había condenado las opiniones husitas; que el Concilio de Constanza las había condenado; que el Papa las había declarado heréticas. Finalmente, llevó a Lutero a la condenatoria aceptación de que los papas y los concilios podían errar.

El debate de Leipzig terminó. Eck partió triunfante hacia Roma. Había desenmascarado a otro hereje.

Martín Lutero, la voz que había llegado a Leipzig como un grito de protesta y reforma dentro de la Iglesia, abandonaba la ciudad calificado como “hereje, rebelde, una cosa digna de escarnio”.

Lutero meditaba profundamente sobre los días amargos que le aguardaban. Pero no se sentía derrotado; los días de indecisión habían pasado; ahora podría desenvolverse en una forma descubierta.

A principios de verano, el 15 de junio de 1520, León X firmaba la bula “Exurge Domine”. Esta era obra de Eck, no de León. En ella se exigía la retractación de Lutero dentro de los sesenta días, bajo pena de excomunión. Afirmaba que la posición de Lutero al oponerse a la venta de indulgencias, era herética. Esta afirmación estaba en contraposición con el mejor pensamiento de la Iglesia Católica histórica.

En Wítemberg sobre todo, y dado que Martín había decidido actuar como si la guerra estuviese ya declarada, la bula tuvo un recibimiento real.

El 10 de noviembre, por la mañana temprano, los estudiantes pudieron leer la siguiente nota sobre su tablero de anuncios:

“Quienquiera que adhiera a la verdad del evangelio esté presente a las nueve en la Iglesia de la Santa Cruz, fuera de las murallas, donde impíos libros de decretos papales y teología escolástica, serán quemados de acuerdo a la antigua usanza apostólica, por cuanto la osadía de los enemigos del evangelio ha llegado a tal extremo que diariamente queman los libros evangélicos de Lutero. Acudid a este espectáculo religioso, juventud pía y entusiasta; ¡quizá sea este el momento en que el Anticristo deba ser revelado!”

Poco después, el propio Lutero encabezaba la marcha de los estudiantes y todo el cuerpo docente hasta un campo vecino. Allí se preparó una enorme fogata y uno de los profesores de la Universidad le prendió fuego.

Entonces, con su característica serenidad, Lutero echó al fuego los libros de la ley canónica como señal de que se libraba de las ataduras de ella. Luego, tomando la bula que exigía su retractación y echándola al fuego, dijo:

“Porque tú has humillado la verdad de Dios, Él te humilla en este fuego hoy. Amén.”

Apeló al pueblo a que se librara de la tiranía papal. Contradijo, en posteriores escritos, las famosas posiciones de Roma: de que los clérigos son superiores a los laicos en la dirección de la Iglesia, que sólo el Papa puede interpretar con autoridad las Sagradas Escrituras y que sólo el Papa puede convocar un concilio eclesiástico. Éstas, decía, son las tres murallas detrás de las cuales se ha parapetado siempre el poder de Roma, y todas ellas son insostenibles a la luz de la gran doctrina esencial del sacerdocio de todos los creyentes. No hay distinción esencial entre sacerdocio y pueblo, pues en realidad cada cristiano, espiritualmente, es un sacerdote.

En otro de sus escritos, “De la cautividad babilónica de la Iglesia”, Lutero mantenía la invalidez de todo sacramento que no pudiese hallar su justificación en el Nuevo Testamento, y partiendo de esta premisa, sólo se podía justificar la Eucaristía y el Bautismo.

Fiel a su promesa a Militz envió este documento a León X. Y acompañó el pequeño opúsculo con una carta que decía:

“De vuestra persona, querido León he oído solamente lo que es honorable y bueno… pero de la Sede Romana como Vos y todos debéis saber, es más escandalosa y vergonzosa que cualquier Sodoma o Babilonia, y por lo que puedo ver su maldad está más allá de todo consejo y ayuda, habiendo llegado a una situación desesperada y abismal. Me angustia ver que bajo vuestro nombre y el de la Iglesia Romana los pobres y todo el mundo son defraudados y damnificados. Contra estas cosas me he opuesto y me opondré mientras tenga vida, no porque tenga la esperanza de reformar esa horrible Sodoma romana, sino porque sé que soy deudor y siervo de todos los cristianos y que mi deber es aconsejarles y prevenirles.

Finalmente, no vengo ante vuestra Santidad sin un presente. Os ofrezco este pequeño tratado dedicado a vos como un augurio de paz y buena voluntad. Por este libro podréis ver cuán provechosamente podría emplear mi tiempo si esos impíos aduladores vuestros me lo permitieran. Es un libro pequeño en lo que respecta a tamaño, pero si no me equivoco toda una vida cristiana está reseñada en su contenido. Soy pobre y no puedo enviaros otra cosa, ni Vos tenéis necesidad de nada más que mis ofrendas espirituales”.

Esta carta y el panfleto habían sido enviados a Roma dos meses antes de la fogata de Wítemberg que señaló la iniciación de la rebelion abierta.

Continuará…

Biografía de Lutero (2ª parte)

Durante el año 1512 Lutero llevó a plena luz por primera vez los elementos antagónicos que luchaban en su pensamiento y los vió con tal claridad y en tal armonía, que llamó a esta experiencia el nacimiento de su fe.

En la torre donde a menudo estudiaba, fijó su atención en el texto de Romanos 1:17 “El justo vivirá por la fe”. Consciente de la perfecta rectitud de Dios y también de su propio pecado, no podía entender cómo podía alguien justificarse ante Dios. Este habría sido su problema desde los días de su juventud en que sintió el llamado de la religión.

¿Qué quería dar a entender Pablo con “El justo vivirá por la fe”? Pablo, que más que nadie había mostrado la pecaminosidad de la raza humana; Pablo, que exclamó como tan a menudo el propio Lutero lo hiciera: “¡Miserable hombre de mí! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte?”.

Lutero recordó el consejo constante de Staupitz de considerar la crucifixión. ¿Por la fe en la crucifixión podía él, encontrar alivio a su carga de pecado? ¿Era pues, por fe en la obra histórica de Cristo? ¡La fe de que hablaba Pablo tenía que ser la aceptación de la obra de Cristo! ¡Y eso tenía que querer decir que Dios por medio de Cristo había justificado a los hombres pecadores que quisieran entregar sus vidas a Su palabra!

¿Podía él mismo, Martín Lutero, hallar salvado el profundo abismo entre él y Dios? ¿Era verdad, pues, que la justicia de Dios, no era la justicia de la condenación, sino la justicia de Cristo transferida a él?

Entonces sintió el ritmo poderoso del pensamiento paulino en el que, si bien el pecado estaba siempre presente, también lo estaba la justificación de Dios. Sintió dentro de sí la fuerza pura tan antigua y bien conocida por los cristianos paulinos. Ya no era cuestión de batallar con Dios para forzarle a reconocer sus buenas acciones, sino que ¡Dios estaba de su parte!

El inmenso peso de su pecado había sido compensado por la infinita misericordia, hecha realidad en Cristo.

Esa fue la hora de su libertad.

Salió del cuarto, no con una teología completa, definida claramente, pero sí son una base fija e invariable. Así encaró sus primeras clases bíblicas en la seguridad de que había hallado la clave para entender las Escrituras.

A través de las luchas que habia de sostener en su vida, perseveró en su seguridad de que “el justo vivirá por la fe”; no era que la fe actuara sin obras, sino que por la fe venía la vida y las obras eran el resultado.

Dió cátedra en la Universidad desde 1513 a 1515, sobre los Salmos. Daba su cátedra en latín, pero si el latín le resultaba demasiado escolástico y sin expresión, pasaba rápidamente al alemán; en sus notas se puede ver como cambiaba de idioma en mitad de una frase.

De la misma manera, cuando las viejas formas comunes en las clases universitarias eran insuficientes para expresar la magnitud de su mensaje, él creaba nuevas y vivas ilustraciones. Por ejemplo: “Como la pradera es para la vaca, la casa para el hombre, el nido para el pájaro, la roca para la cabra y la corriente para el pez, así es la Escritura para el alma del creyente”.

“Nosotros los estudiantes le oímos con gusto” -escribió uno de sus alumnos- “pues nos habla en nuestra lengua madre”.

En 1515 y 1516 dió cátedra sobre la epístola de Pablo a los Romanos. Ahí estaba su fuerte fundamento y a medida que explicaba a sus alumnos la idea de Pablo, capítulo tras capítulo veían claramente descubierto ante ellos todo el drama de la redención celestial.

A medida que daba sus clases sobre los Romanos, llevaba ante el tribunal de este vigoroso libro a la sociedad de su día. Atacó acerbamente a Julio II y a la escalofriante inmoralidad de Roma. Denunció a la Curia y toda la jerarquía romana por su corrupción y su vileza: el lujo, la avaricia, el orgullo y el egoísmo eran desenfrenados en la ciudad del Papa. Romanos 13:13, el texto que había servido de terrible lección al inconverso Agustín, dio ahora a Lutero un vocabulario para la descripción de Roma: “glotonerías”, “borracheras”, “lechos”, “disoluciones”, “pendencias”, “envidias”. Y Lutero instaba a su generación a prestar oídos a la gloriosa exhortación del versículo 14: “Revestíos del Señor Jesucristo y no hagáis caso de la carne con sus deseos”. Con lenguaje severo acusaba al clero de creer que su tarea era defender a la Iglesia, en lugar de predicar el Evangelio.

Sus sermones tuvieron tal tónica y despertaron tal interés, que el consejo municipal de Wítemberg le pidió que predicase en la iglesia parroquial. El sermón más antiguo que se conserva es uno que predicó probablemente en 1514. Su texto era: “Todo lo que quisiereis que los hombres hicieren con vosotros, así haced vosotros con ellos”; y el sermón mostraba lo que iba a ser la cualidad más importante de su predicador, exhortándoles a seguir por el camino del cristianismo.

A las tareas del profesorado y la predicación, se sumó el cargo de Vicario de Distrito de los monasterios de Meissen y Turingia, que le fue adjudicado por la Orden, en Gotha, en 1515. Diez monasterios caían bajo su jurisdicción, que después con la adición de Eisleben, su pueblo natal, llegaron a once. El reglamento exigía que fueran visitados una vez al año. Esta visitación implicaba ciertamente tiempo, esfuerzo y resistencia. Su correspondencia aumentó extraordinariamente con esta elección. Todas las horas del día estaban ocupadas en tareas importantes.

Tenía que predicar a los monjes y a los aldeanos; tenía que dar sus clases en la universidad, y su exposición debía ser intensa y razonada, de acuerdo a su posiciónde jefe reconocido de un nuevo movimiento, y tenía que ejercer disciplina administrativa sobre monasterios distantes.

Dejó de ser el monje introspectivo y preocupado de Erfurt y se transformó en el líder fuerte, audaz, confiado que gozaba de la confianza y del respeto de todo su círculo. Sin embargo, la humildad, la sinceridad y la profunda piedad continuaron siendo las características más arraigadas de su vida. Veía claramente cada uno de los detalles de sus muchas tareas y mantenía una comprensión enteramente personal de los problemas que la concernían; humilde en su íntimo pensamiento, poseía la fascinante cualidad de saber actuar en público manteniendo su responsabilidad profesional.

Sus cualidades de administrador verdaderamente cristiano, aparecen nítidamente en una carta que dirige a un monasterio, y en la que se refiere a un hermano que ha incurrido en la necesidad de disciplina.

A Juan Bercken.
Prior Agustín en Maguncia

Dresde, 1 Mayo 1516.

“¡Os saludo en el Señor reverendo y excelente padre Prior! Me siento apesadumbrado al saber que está con su Reverencia uno de mis hermanos, un tal Jorge Baumgartner hermano de nuestro convento de Dresde, quien ¡ay! buscó en Ud. refugio, de una manera vergonzosa y también por una causa vergonzosa. Agradezco vuestra caridad en haberlo recibido, acabando así con este oprobio.

Esta oveja perdida es mía, y es deber mío buscarle y traerla de vuelta, si es la voluntad del Señor Jesús. Por lo tanto, ruego a vuestra reverencia, por nuestra común fe en Cristo y por nuestro común voto agustino, haga la merced de enviármelo a Dresde o a Wítemberg, o mejor aún, mire de persuadirle con tiento a que venga por su propia voluntad. Le recibiré con los brazos abiertos. Dejadle venir, no tiene motivo para temer mi desagrado.

Sé que tienen que venir escándalos. No es asombroso que un hombre haya caído, pero sí es un milagro que pueda levantarse y permanecer en pie. Pedro cayó para que comprendiera que era hombre. Los cedros del Líbano cuyas copas tocan el cielo, caen también, ¡maravilla de maravillas, un ángel cayó del cielo y el hombre en el mismo Paraíso! ¿Qué extraño es, entonces, que una caña sea agitada por el viento y un pábilo sea apagado?

Que el Señor Jesús os enseñe, ayude y perfeccione en toda buena obra. Amén. Adiós.

Hermano Martín Lutero
Profesor de Teología y Vicario Agustino del Distrito de Meissen y Turingia

Como si todas sus tareas y responsabilidades no fueran suficientes para poner a prueba su espíritu, la peste llegó a Wítemberg en el otoño de 1516.

Muchos de sus habitantes huyeron y muchos monjes fueron transferidos a otros claustros, pero Martín Lutero permaneció en Wítemberg; éste era el lugar donde sus superiores le habían colocado, donde tenía su obra y aquí permanecería.

Ni peste, ni emperador, ni papa alguno podrían moverlo del camino que se había trazado.

Como si el destino lo estuviese preparando para ser el foco de los problemas de su época, se encontró en un medio ambiente experimental: la iglesia parroquial. Del trabajo pastoral, la dirección estudiantil, el estudio bíblico, la especulación filosófica, de su vida devocional privada y de otros muchos cargos personales e impersonales, entre ellos la dirección de los once monasterios, Martín Lutero iba atesorando dentro de sí una experiencia tan grande que le daba una idea amplia y exacta de su medio ambiente.

De todas las cosas que le preocupaban, no era la menor uno de los puntos sensibles de la antigua doctrina de las “buenas obras”: la veneración de las reliquias, con la anexa idea de que tenían poder espirutual.

El Elector de Sajonia, el propio señor civil de Lutero, era particularmente aficionado a coleccionarlas. Había reunido centenares de reliquias en la catedral de Wítemberg; pero muchas de las pretenciones en cuanto a las mismas eran completamente fantásticas. Lutero mismo, por ejemplo, había visto la túnica de una sola piezade Nuestro Señor expuesta a la vez en varios sitios muy distantes unos de otros. Esta y otras cosas de naturaleza idénticamente increíble molestaban al predicador de Wítemberg, y así, de 1515 a 1517, varias notas de protesta aparecen en sus sermones y clases. No era un rebelde.

Hijo devoto de la Iglesia visible y completamente dentro del ambiente de piedad histórica del catolicismo, su protesta, no contra la idea o la historia, sino contra el abuso, es cada vez más frecuente.

Roma no pudo mantener por más tiempo el secreto sobre la corrupción en Europa. Juan Colet, Sir Tomás Moro y otros en Inglaterra habían pedido una administración más limpia de la Iglesia. La pluma de Erasmo había insistido en algunas de las mejores críticas de la historia cristiana, en que la Iglesia se reformara.

En toda la amplitud de la cristiandad occidental, el grito de escándalo había sido oído con tanta insistencia durante cincuenta años, que la nueva corriente de reforma adquiría una presión terrible. Lo que se esperaba, lo que se ansiaba era una dirección segura, consagrada e inteligente.

En la lejana Wítemberg tan miserable e insignificante, a la cual (excepto unos pocos favoritos del Elector de Sajonia) nadie le prestaba atención, se estaba formando una experiencia religiosa lo bastante fuerte, inteligente y valiente para llevar la dirección. Pero Martín Lutero, tan ocupado en sus muchos campos de actividad, vivía ignorándolo todo, salvo que había descubierto la fuente de la primitiva piedad de la Iglesia y que no podía callar ante el abuso.

Su naturaleza no era rebelde, sino conservadora. Amaba la tradición, su Iglesia y su gente, pero era honesto. Odiaba el pecado en todas sus esferas, altas o bajas. Protegería a su gente; honraría las obligaciones de su ministerio docente. Hablaría, pues, clara y decididamente, sin rodeos.

El ansia del pueblo contenida durante medio siglo halló ahora una voz. Defendió al campesino condenando el derecho de la nobleza a promulgar y aplicar las terribles leyes por las cuales se reservaban la caza para sí, castigando aún con la muerte al pobre hombre que mataba un conejo.

Llamaba a los grandes señores “ladrones” e “hijos de ladrones”. Se enfurecía ante la opresión ejercida por las clases altas, tanto eclesiásticas como civiles y clamaba contra ellas. La codicia y la avaricia que se agazapa tras todas las guerras recibió su condena.

Llevaba en sus manos los estandartes de las causas más nobles. Luchó sin timidez; la sangre de los campesinos estaba en él y señores y gobernantes debían responder ante las Escrituras por su explotación de los hijos de Dios.

¡Roma con los abusos que había creado y de los cuales vivía era la hereje! ¡Martín Lutero el católico!

(Continuará)

Cuestiones del creer y la vida cristiana.

El siguiente texto lo dijo en su foro Monja Guerrillera:

“Los judíos que recientemente habían creído en Cristo y empezaban a ser cristianos se estaban regresando a ser “santos” a la manera mosaica. Por miedo a la gracia y por miedo -como siempre- a la libertad. Preferían regresar al incumplimiento constante de las leyes (porque eran incumplibles y ya las había cumplido Cristo y clavado en la Cruz) que ir hacia el Pacto Nuevo donde es innecesaria la santificación por medio de las obras.

Ahora bien, si quiere la gente volver a la ilusión de obtener por sí misma el favor de Dios, que no crea en Cristo, que no hace falta, y que se recete y se prescriba nuevas tablas mosaicas. Que olvide el Monte de los Olivos y regrese al Sinaí. Y estará esa gente contenta, sintiéndose santa esforzándose en esterilidades y absolutamente muerta.”

Cuántas reflexiones vienen a mi mente cuando leo muchos de los textos de “Monja Guerrillera”. Debo aclarar que algunos de sus textos me son oscuros, no tanto por su falta de claridad sino más bien por mi ignorancia de los temas tratados al nivel teológico en que son tratados.

Por otra parte, comprendo (hasta el hartazgo) a quienes aprovechando ciertas “¿vulgaridades?” en el lenguaje de ella, hacen pie en tales términos (es su único punto de apoyo) para combatir profundidades teológicas de una riqueza brillante.

¿Importa tanto el modo? Muy probablemente, quienes acusan a esta hermana por alguna palabra que les ofende es posible que cuiden su lengua hasta mordérsela para no repetir tales palabras en público (o en cualquier “blog”) dando rienda suelta a las mismas en la profundidad de sus mentes, a las cuales, obviamente, sólo puede llegar el Espíritu Santo.

Sea Él pues, quien redarguya de pecado a los arrojadores de piedras, les dé el privilegio de alimentarse con la abundancia de los platos que en el blog de la Monja se sirven y les aumente la fe para creer que, si de algo debe arrepentirse esta hermana, el Señor tendrá especial cuidado de darle convicción a Su tiempo y, permítanme continuar con el desarrollo de este texto que considero útil volcar en este espacio.

Hago un punto y aparte con el tema de la MonjaGuerrillera, ella misma no soporta que la “defiendan” pues cree tener a UNO que ya lo hace … Por otra parte, no busca consensos. Pero me atreví a tomarme la molestia por simple cortesía.

Como diría humildemente Clive Staples Lewis (más conocido en la actualidad por la versión Disney de sus “Crónicas de Narnia” que por sus otros libros cristianos, como “Cartas del Diablo a su sobrino”, o “Cristianismo y nada más”, o “El problema del dolor” ¿Se habrá notado que me gusta este autor?), soy un simple laico, lamentablemente no soy teólogo, pero estoy seguro de haber tenido una experiencia genuina con Dios y esto fue por la Gracia alcanzable sólo en Cristo.

En el texto ella (Monja Guerrillera) hace referencia a cierto “miedo” a la gracia o a la libertad de aquellos hombres que creyeron en Cristo.

En cuanto a esto quiero decir lo siguiente:

Existe desde siempre en el hombre un deseo por conocer qué papel juega su vida en medio de la realidad en que se encuentra. Esa realidad que le fue impuesta (no por autoridad humana alguna, sino como quien ha sido ingresado -sin solicitarlo conscientemente- en un área que va a ir descubriendo mientras crece y se desarrolla) y que hoy reconoce como suya, ya sea que la ame o la rechaze.

Su sentido de trascendencia le lleva a negar (consciente o inconscientemente) que su ser se limite a una mera existencia orgánica. Personalmente dudo que exista un ateo verdadero al 100% de los que piensan que la vida se acaba siendo un simple alimento para gusanos.

Algunos pretenden afirmar que la vida es como un vegetal, que germina, cumple su ciclo reproductivo, se marchita y muere. Pero el versículo bíblico que manifiesta que somos como “la hierba del campo”, hace una referencia más bien a lo transitorio de nuestra vida en comparación con lo poco transitorios que nos consideramos.

Ahora que lo pienso, ignoro cuál será el plan de Dios para la redención del reino vegetal. No lo digo como una broma, sino pensando en voz alta, sobre aquel tipo de vida que fluye por dentro de los tallos y acaba por convertir sus corolas en hermosas vistas con su diversidad de colores, formas, tamaños y aromas. ¿No es vida acaso? Las organizaciones de protección de animales, ¿no piensan que las plantas poseen (a su ritmo) una vida?

Punto aparte para este planteo botánico. No era el tema… Ya lo saben… Amo las ramas, por eso me voy por ellas ! Quizá me encuentren en algún foro defendiendo los derechos del ombú y del cardo.

Volviendo al punto en que dejé. Ese “miedo” a la gracia o a la libertad, mencionado en el primer párrafo he intentado descubrirlo en mi propia vida.
Asombrado vengo a descubrir que lo poseo.

A cada paso temo cualquier tipo de cambio. Lo más extraño es que ese cambio lo estaba anhelando fervorosamente desde lo más profundo de mi alma. Pero una vez alcanzado, me deja tieso.

He atravezado esa puerta que por tanto tiempo añoré cruzar y, ahora que lo he logrado, tengo el temor reverente de encontrarme en un espacio demasiado amplio para mi escaso conocimiento de acción en dicha área.

Este sentimiento puede deberse a mi otro temor de perder el acceso a esa puerta, quién sabe por cuánto tiempo seré aceptado en este nuevo espacio o si seré tenido por digno de permanecer de este lado del umbral. (Qué pronto vuelve a mi mente la idea de Narnia con este ejemplo).

O quizá pueda deberse al temor de ser echado para siempre de este maravilloso lugar por algún posible mal comportamiento dentro de su (para mí nuevo) sistema de códigos.

Al existir un deseo tan poderoso en mi interior, que de pronto se ve suplido por haberlo hallado, es lógico que aparezca esa sensación de inestabilidad, producida por el cambio entre aquellas cosas temporales a las cuales estaba acostumbrado y éstas más permanentes que anhelé pero recién conozco.

Posteriormente, encuentro en el mismo espacio a segundos y terceros que han experimentado (antes que yo) el acceso a esta nueva etapa en su conocimiento espiritual de Dios.

Ante la novedad acudo a quienes -se supone- poseen más experiencia que yo en las “posibles” (pues ignoro si existen o no) normas, reglamentos, estatutos, o lo que sea que me permita mantenerme el mayor tiempo posible dentro de este lugar.

Por ser novato en esta nueva experiencia, me cruzo con algunos (pastores, líderes, cristianos “crecidos”, “hermanos reconocidos”, “profetas”, “apóstoles”, etc., que han bebido del agua de la experiencia de terceros y han adoptado muchas mañas y dogmas de cierto tipo de “tradición” sobre “cómo deben ser las cosas ahora en Dios”. Muchos de ellos han tenido su propia experiencia genuina con Dios, pero han dejado en manos ajenas su responsabilidad de percatarse que lo que les han enseñado se ajuste a los escritos de Dios.

Paradójicamente -para ellos mismos-, han sido ellos quienes me han enseñado a buscar en aquellos escritos, en los cuales encuentro bases firmes para reconocer que la puerta que crucé es segura y correcta. Pero con el paso del tiempo, sin perder de vista -ni por un momento- la experiencia grandiosa que me resultó haber logrado “entrar” a esta nueva dimensión espiritual junto a Dios, encuentro que existen diversos discursos que difieren del rumbo genuino trazado en los escritos.

Ante cualquier atisbo de duda con respecto a tales cuestiones, comienzo a padecer cierto tipo de persecución que se me antoja benigna por considerarla reafirmada por los mismos dichos de Jesús, sabiéndome participante de tan grande honor!

¿He de sucumbir ante el ataque? De hacerlo, sé que tendré que aceptar un error que obviamente está del otro lado. ¿O aprovecharé para gozarme de haber escogido correctamente el rumbo que Dios da a mi vida, aún cuando deba padecer persecución por Su causa?

Opto por esto último.

Sé Quién me sostiene. Su Nombre es sobre todo nombre. Por lo cual, no existe “nombre” que pueda dar sombra al “Nombre” de Jesús.

Raimundo

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Sobre el uso del Dinero (Wesley)

Este texto ha sido rescatado de otro texto, del cual hago mención al final.

Juan Wesley decía, al hablar del buen uso del dinero:

“No malgastéis nada de tan precioso talento, tan sólo por agradar a los ojos con superfluos y costosos atavíos o con adornos innecesarios.

No gastéis parte de él adornando prolijamente vuestras casas con muebles inútiles y costosos, con cuadros costosos, pinturas y dorados….

No gastéis nada para satisfacer la soberbia de la vida, ni para obtener la admiración de los hombres….

Siempre que te halagues a ti mismo, los hombres hablarán bien de ti.

Siempre que te vistas “de púrpura y de lino fino blanco, y tengas banquetes espléndidos todos los días”, no faltará quien aplauda tu elegancia, tu buen gusto, tu generosidad y tu rumbosa hospitalidad.

Pero no vayas a pagar tan caros sus aplausos.

Conténtate más bien con el honor que viene de Dios.”

John Wesley, Works, Sermón 50, Sobre el uso de dinero.

Este texto, fue extraído del libro Adventista “El Conflicto de los Siglos”.

No soy adventista, pero he leído algunas partes, (sobre todo la primera mitad) en donde da un verdadero pantallazo bastante completo en relación a la Iglesia a lo largo de la historia.

Pueden encontrar este y otros libros en el siguiente vínculo:
http://www.evangelioeterno.com/publicaciones.htm

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